Cuando Natalia Pérez salió de su casa, no se imaginó que su
lengua tendría mucho trabajo en la mañana. Justo a las nueve y quince cuando
caminaba tranquila por la ronda del Sinú, se encontró con Milena Cuestas y
Daniela Montes, sus dos amigas de toda la vida.
Ahí fue Troya.
Buscaron una banca cercana y de inmediato sin tener que ponerse de
acuerdo, iniciaron la recreación más común a la
que estaban acostumbradas: el comadreo. En esas estuvieron por más de dos horas, tiempo
durante el cual torcieron y enderezaron el mundo, alardearon de sus éxitos,
lloraron sus fracasos y como es común en estos casos, hablaron de alguno que otro chisme del barrio que las vio
crecer. Ni siquiera el desfile que con
bombos y platillos cruzaba por la avenida, las distrajo de tan escatológica conversación.
Agotada la temática, cada una regresó a sus labores cotidianas. Natalia, más apurada, porque dejó el arroz
puesto en el fogón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario